/ 22 septiembre 2021

Yo soy madrileño y voto izquierda

Yo soy madrileño y voto izquierda

Soy madrileño porque nací en la Sierra de Madrid. Soy más madrileño porque desde chico me trajeron a esta capital que olía a carbón de trenes, a tubos de escape y a largas, exhaustivas y redobladas jornadas de trabajo. Cambiar los valles de montaña por las calles llenas de zanjas abiertas para meter tuberías de gas, luz, agua, podía parecer un signo de gran modernidad, pero que conllevaba inevitables y altos costes personales.

Español no sé si soy, la verdad es que me siento más ibérico que español, algo así como parte ínfima de una gran Federación Ibérica, esa misma en la que creía Saramago y de la que han hablado de vez en cuando desde Pi y Margall a Unamuno, o desde Menéndez Pelayo a Oliveira Martins en Portugal. 

Conviene recordar que Francesc Maciá proclamó unilateralmente la Republica Catalana en el marco de las Repúblicas Ibéricas. Los anarquistas siempre concibieron una Federación Anarquista Ibérica y hasta Primo de Rivera (el hijo, José Antonio, no el padre, el dictador Miguel), soñaba con una península con una sola bandera, la catalana, una sola capital, Lisboa y un solo idioma, el castellano. Un poco disparatado, pero Iberia al fin (falangista, eso sí).

Una Iberia que, sin embargo, no puede entenderse en singularidad, ni mucho menos en exclusividad. A fin de cuentas lo que hoy llamamos Iberia fue antes mar que separaba y unía a dos continentes, Godwana al Sur y Laurasia al Norte, el Mar, el Océano de Tetis. Eso es lo que somos, la tierra que emergió de las aguas cuando dos masas continentales decidieron construir un paso entre ellas. 

Para que nos entendamos, Laurasia venía a ser todo lo que hoy entendemos como hemisferio Norte y Godwana aquello que hoy consideramos hemisferio Sur. Iberia es camino, enlace, punto de encuentro entre ambas. Más o menos lo que Madrid ha aspirado siempre a ser, sin terminar de encontrar el camino. 

Los resultados electorales en Madrid parecen el fruto de un choque de continentes, más que de un encuentro. Madrid se ha empeñado en ser verso suelto, más que verso libre. Si todas las comunidades autónomas siguieran en España el ejemplo liberticida de Madrid no habría libertad para casi nadie en España. Madrid se ha convertido en punto de desencuentro de todas las tensiones y todos los egoísmos de las Españas. Los campeones de la libertad de hacer lo que me da la gana.

Lo malo es que sólo los poderosos pueden ejercer de verdad su capacidad de hacer lo que les da la gana, llevar su dinero de allá para acá, no pagar impuestos, culpabilizar de forma exitosa a los otros de los problemas que atravesamos todas y todos, beneficiarse y convertir en negocio privado los recursos que todos ponemos en manos de las administraciones. 

Justo antes de las elecciones el gobierno de la Comunidad aprobó las primeras ayudas directas a empresas y autónomos golpeados por el coronavirus, después de un año de pandemia. Justo después de las elecciones acaban de privatizar parte de la gestión de los Fondos Europeos de Recuperación. 

Mientras tanto el Estado de Alarma decae, se acaba, no se renueva y cuando se intentan dictar normas en algunas Comunidades para mantener las mínimas medidas de seguridad, de nuevo es Madrid quien no dicta normas, sino recomendaciones y canta la libertad que conduce a miles de jóvenes a las calles para festejar el fin de la esclavitud en un inmenso botellón que escandaliza a toda España. 

Habrá quien diga que también en Barcelona y en algunos otros sitios se han producido desmanes, pero Madrid, capital de España, se ha lanzado la primera a la revuelta de los contagios y esto, lejos de libertad, me parece incivismo y libertinaje. 

El 4 de mayo voté izquierdas, perdí, pero eso no autoriza a los gobernantes que han ganado esas elecciones a abrir las puertas a la muerte en nuestras calles, ni a dilapidar lo que es de todos, lo público, lo único que ha conseguido contener el brutal golpe de la pandemia, desde la sanidad, desde la educación, desde los servicios sociales, desde la protección por desempleo.

La democracia no consiste en votar un día cada tantos años, sino en gobernar con el pueblo y para el pueblo, pensando en su vida y su bienestar. Consiste en defender estas cosas desde la sociedad, cada día de cada mes, de cada año, durante todo el tiempo que transcurre entre votación y votación.

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