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El ser humano está transformando el planeta. Hoy, resulta tan ridículo ignorar la contribución del hombre al cambio climático, como hacen los negacionistas, como defender que la Humanidad debe retroceder al ‘Paleolítico’ para evitar sus consecuencias, tal y como promueven los movimientos más radicales.

España, y por ende la Comunidad de Madrid, es especialmente vulnerable a las consecuencias del aumento global de temperatura debido a los daños que pueden provocar la desertificación en un país agrícola, el aumento del nivel del mar en nuestros miles de kilómetros de costa, los incendios capaces de asolar nuestra abundante masa forestal o las riadas que acabamos de sufrir en zonas urbanas consolidadas.

A estas alturas, quien no se sienta concernido es que aún no ha entendido que el precio de los alimentos que compra, el recibo de la luz o, incluso, el lugar donde vive pueden verse afectados de forma drástica por el fenómeno climático. Lo que algunos se niegan a asumir todavía es que este desafío hay que abordarlo en común, sin prejuicios, sin posiciones inamovibles y convirtiendo el reto en una oportunidad para hacer las cosas mejor.

De las manifestaciones transversales del pasado 27 de septiembre contra el cambio climático deberíamos extraer esa lección: las modificaciones del clima ni tienen ideología ni entienden de política, pero la política sí debe entender del cambio climático.

Todos los partidos estamos obligados a tener altura de miras para asimilar que la solución no ha de venir de los extremos. El respeto al medio ambiente no es incompatible con el crecimiento económico y la generación de empleo, como algunos políticos conservadores nos quieren hacer creer. Al contrario, la economía circular, la reconversión de zonas degradas, la construcción de edificios de consumo nulo, el suministro de energía de origen 100% renovable para edificios oficiales (medida que el vicepresidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio Aguado, acaba de anunciar) el transporte público de bajas emisiones, la conservación de los espacios naturales o su puesta en valor como atractivo turístico generan oportunidades de empleo ‘verde’. De la misma forma, caer en recetas ‘fáciles’ como un apagón taxativo de las centrales nucleares o la prohibición del diésel sin alternativa solo provocarían desabastecimiento y un severísimo frenazo económico.

Por todo ello, es fundamental alcanzar un pacto medioambiental basado en la descarbonización de la economía promoviendo alternativas limpias; en el impulso del binomio ciencia-industria para lograr un modelo energético limpio y sostenible que no ponga en jaque el suministro y el crecimiento; y en una simplificación legislativa y fiscal que favorezca la investigación y la innovación sin que ello signifique nuevos impuestos.

El futuro Plan Nacional Integrado de Energía y Clima o la esperada ley de Cambio Climático y Transición Energética, atascados desde que Pedro Sánchez llegó a la Moncloa, no deberían realizarse bajo siglas de una ideología política, sino desde el consenso. Un consenso que debe implicar a todos los agentes (ciudadanos, empresas, instituciones) y a todos los niveles de la Administración, desde el Gobierno hasta los ayuntamientos pasando por las Comunidades Autónomas.

Lo que los jóvenes y no tan jóvenes nos están pidiendo es un compromiso real, con medidas efectivas. Dejemos de lado ya los fuegos artificiales y las medidas estrella que nunca llegan para evitar que nuestro futuro quede aún más hipotecado. De la misma forma que el hombre no dejó atrás la Edad de Piedra por quedarse sin piedras, no debemos abandonar la Era del Petróleo porque nos quedemos sin petróleo. Es nuestra obligación avanzar desde el consenso hacia el nuevo modelo de sociedad sostenible que todos nos merecemos.