Desconfina como puedas

Tan importante como escalar una montaña es saber cómo hay que bajarla. No pocos accidentes se han producido al descender de una cumbre ya conquistada. Quienes se han ocupado de este tipo de sucesos aseguran que tres cuartas partes de los accidentes se producen al descender de la montaña. 

Casi la mitad de esos accidentes son caídas, pero abundan también los desvanecimientos, el agotamiento físico y hasta los ataques al corazón. Conquistas la cima, estás eufórico, te confías, bajas exaltado y cuando menos lo esperas te caes, te hundes y sólo depende de la suerte que los daños sean mayores o menores.

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Los riesgos habituales siempre, hay que añadir, se multiplican cuando no conoces bien el camino, no has estudiado la ruta, improvisas el itinerario, no tienes experiencia previa, o infravaloras anteriores riesgos, o accidentes de los que saliste bien parado.

De todo ello nos ha pasado en este largo proceso de coronavirus, en el que llevamos ya escalando y desescalando más de tres meses. Nadie sabía bien dónde estaba la cima, ni cuando la alcanzaríamos. Hay países que han tenido más suerte y otros menos. No creo que nadie supiese bien las dificultades que jalonaban el ascenso, ni las tormentas que se iban a desencadenar. 

La experiencia anterior más parecida, la de la mal llamada gripe española, se produjo hace ya más de 100 años y, pese a su fiereza, sus más de 50 millones de muertes y sus 500 millones de infectados (un tercio de la humanidad de aquellos días) pasa muy desapercibida en nuestra memoria histórica, al originarse en las inmediaciones del final de la horrible Primera Gran Guerra. 

Hemos escalado como hemos podido, con aciertos y errores y hemos comenzado la desescalada con todos los errores a cuestas de los alpinistas poco preparados. Como en un intento desesperado de recuperar cuanto antes una normalidad anormal que no volverá nunca a ser la de antes. Guiados por la preocupación de recuperar deprisa, deprisa, la actividad económica y el empleo tal cual lo conocimos. Arrancar la página llena de borrones, mala letra, tachaduras y volver a escribir la misma historia, desde el mismo lugar donde la habíamos dejado. 

Basta pasear por las calles, mirar las noticias, escuchar a los tertulianos, o a los bustos parlantes del gobierno y la oposición, para comprobar que la pandemia ya no existe y la fiesta recomienza con brío. Los policías ya no ponen multas (o no tantas como antes), los bares abren terraza, luego más terraza, barras, e interiores. 

Los jóvenes se apelotonan, con o sin mascarilla, en los bancos de cada parque, los viejos circulan asustados mientras los corredores pasan rozando y resoplando a su lado. Las grandes superficies abren sus puertas con notables descuentos y los autobuses ocupan todos sus asientos. Los hoteles admiten de nuevo clientes. Las playas se petan y los hoteleros-hosteleros exigen ayudas económicas, aviones cargados de turistas y fase de barra libre cuanto antes.  

Los colegios y guarderías abren sus puertas más para que los padres que trabajan puedan dejar a sus hijos en algún sitio, que por que de verdad sepamos que les metemos en un lugar seguro. Si han llegado hasta aquí encerrados en casa, no veo la necesidad de que vuelvan al cole antes de septiembre, con todas las medidas de seguridad necesarias, salvo en casos muy excepcionales, puntuales y con toda la distancia de seguridad y protocolos de prevención.

Los hospitales, mientras tanto, siguen a medio gas, menos colapsados con el COVID19, pero con un retraso pavoroso en sus tratamientos, consultas,  intervenciones quirúrgicas. Prevenir un rebrote y corregir las brutales listas de espera generadas en estos meses, requieren personal y recursos.

Los centros sanitarios de atención primaria están cerrados, o parecen centros de alta seguridad, donde se espera en la puerta a que alguien salga para tomar nota y mandarnos para casa a la espera de una llamada telefónica, lo más parecido a un vuelva usted mañana del decimonónico Mariano José de Larra.. 

Las residencias de mayores seguirán igual, aguardando que los tribunales digan quien metió la pata, quien obró con imprudencia, quien cometió delito. Es probable que algún segundón acabe en la cárcel, que alguien sin responsabilidad real alguna termine condenado para que todo siga igual, para que todos sigan a lo suyo.  

Vaya, que estamos iniciando la desescalada como quien empieza la casa por el tejado, porque la única desescalada que merece la pena iniciar es aquella que debe hacernos reflexionar y poner solución a las carencias sanitarias y de atención a nuestros mayores que han producido la destrucción de tantas vidas.

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