Cuando me disponía a hacer un comentario complicado del filme de Ryan Gosling (Lost River), me di cuenta de las similitudes que tenía un personaje femenino parecido en la película española Magical Girl, pues una año antes, el director nacido en Madrid e ilustrado Carlos Vermut paseante habitual con sus dibujos por las páginas en Metrópolis del periódico El Mundo, ofrecía algunos registros idénticos en su metodología siniestra y violenta.

Magical Girl me dio con su cártel las claves necesarias para comprender la fractura entre real y lo surrealista, a través de unas palabras escritas con la distante veracidad de nuestros tiempos. Corazones divididos en historias que recurren a su unión casual en el centro de los vicios, necesidades, o sueños. Cuadrículas (aurículas y ventrículos heridos con las imágenes de sus protagonistas) que remarcan la cara más ambigua de la vida.



Confundidos en la verdad y la mentira, sin certificar, o corroborar si es su historia o la de alguno de los espectadores. Viajar entre sueños o por las reales vidas, siendo sólo, náufragos a la deriva. Todo es espera angustiosa, con o sin la chica mágica en su horizonte. En nuestra propia penumbra, a solas, se sienten las cosas tan diferentes.

Cualquier resto de nuestra imaginación se confunde con la responsabilidad de otros y sus acciones ante lo prohibido o la necesidad, cualquier amor no correspondido se somete a la agresividad de otras manos habituadas a la sangre y el deseo enfermizo, y todo el pasado confluye de golpe en una pantalla de cien, con la sintonía de una canción clásicamente española en la oscuridad de un teatro rodado de los sueños.

Allí, esperando sentado en la butaca para vislumbrar una nueva historia, con reminiscencias lynchianas, me encontré con cuatro (divididas en dos triángulos divergentes en el tiempo y equilateros en el drama), así mismo era la primera vez que escuchaba una musiquilla tan histriónica en Occidente como desesperante, tan inaudible como fatigoso me parecieron los primeros instantes del filme. En mi Mundo tan separado de Magical Girl, con sus vestidos y muñecas, me sentí tremendamente perdido. La verdad es que esa música no era, ni por asomo, lo que preferirían mis oídos.

Sin embargo, el primer rechazo educativo había sido tan mágico con sus rostros protagonistas y sus palabras, que esperé. A la vez, algo que no funcionaba en mi subconsciente, me atraía con estos personajes (padre e hija) que concedían deseos que no entendía. Y tampoco imaginaba las vidas que sus rostros virginales pretendían, ya que no iba a ser necesario darles un sentido concreto en mi cabeza desorientada. Ni en el corazón.

En el principio como en la creación del Mundo, todo era tan confuso como irreal. Una chica que mantiene una tensa relación a mano cerrada con su tutor y profesor, concesiones y rechazos del universo de los adultos que transitan por el lado oscuro de la vida. Tal y como, hemos sido educados con el sentido de las imágenes clásicas del cine. Educados para transformar los deseos en terrores o viceversa.

La música y los ritmos cursis difiriendo tanto de mis gustos que se transformaban con el transcurso de los minutos, en melodías clásicas y sentimientos de antaño. Y esas entonaciones niponas de anime, tomaron una mayor importancia, si cabe, del conjunto de sus siguientes secuencias.

Aquellas dudas iniciales, no importaban, pues ahora Magical Girl y el guion del mismo Carlos Vermut (también imbuido por sus dotes caricaturescas) avanzaba violentamente hacia otras perspectivas y personajes más complejos, inmersos en una oscuridad creciente. Aquella penumbra se orientaba hacia una atmósfera más densa, tanto que era imposible despegarse de este nuevo mundo asombrando mis ojos e inquietando mi mente, mascando una tensión tan placentera como malsana. Porque las presencias invisibles se difuminaban en una habitación infantil o un pasillo con vistas al infierno.

En este Mundo de extrañas miradas y sintonías que cortaban el aire y el paso del tiempo, todo se encaminaba hacia el averno dónde el Demonio hace de las suyas con la Carne de los inocentes. Y los vapores desprendidos se hacen cada vez más irrespirables. Dando lugar a la sensación de pérdida y el sexo jugando con el dolor de una venganza venidera.

La música cambia al cerebro y te transporta hacia la irracionalidad de los sentimientos, la irascibilidad como medida del tiempo y los reproches privados sobre comportamientos al límite de lo correcto.

Pues, la historia se dividía entre el cielo de aquellos ojos inocentes, y la tentación de demonios con su carne a mancillar, dónde es tan importante lo que vemos como lo que imaginamos.

Y Carlos Vermut imagina la seducción junto con los hechos sangrantes relatados sobre la tentación, el engaño y el dolor. Vermut, el misterioso genio, que era desconocido por mí (incluida su primera aventura llamada Diamond Flash), a partir de estos momentos oníricos formaba parte de mi lado más oscuro, de ese lado salvaje, en el cual no queda sitio para la esperanza, y las niñas de fuego celebran sortilegios entre juegos de magia y fantasías prohibidas, como recuerdos masoquistas.

Porque la estética de Magical Girl procede de las viñetas en blanco y negro, se reproducen las miradas entre primeros planos inagotables, que son sostenibles en el futuro, inabarcables por barrios obreros de angustia y caseríos repletos de temor, paseando entre la ilusión y el desencanto, la pasión o el odio. Con la voz de Manolo Caracol alzándose entre recortes y balas a quemarropa.

Así, me encuentro con el corazón partido, y en cada aurícula o ventrículo se coronan las caras de sus intérpretes. Mujer y niña, una que empieza brillantemente como Lucía Pollán y la otra ya convertida en uno de los rostros de mayor interés del cine español actual, la bella Bárbara Lennie (La Piel que Habito, El Niño), impresionante durante toda la enfermiza historia. Y dos hombres enfrentados sin razón, un Luis Bermejo golpeado por la crisis y el don de la tranquilidad, y el gran José Sacristán que es la imagen viva de la fría justicia. Confundidos y decididos.

Son los fantasmas de la carne que sobrevive en un mundo que sigue girando, o muere de necesidad.

Al ritmo de unos ojos… de fuego, en la piel de un actor mayúsculo como Pepe, aunque estando en las antípodas del mundo intelectual.
Y, a pesar de todo el surrealismo conceptual o la casualidad exacerbada, las caras se mantienen en nuestra memoria dibujando unas vidas con luces y sombras, más sombras. Permitiendo que nuestra mente se crea toda esta incongruencia que no necesita de más explicaciones que la fuerza de las imágenes y el poder del verbo. Porque en el mundo imaginario de Vermut, muchas veces, simplemente no es necesaria más respuesta.

Tampoco sería los mismo si diéramos una explicación meridiana a los desaires de la atracción o el amor, si intentáramos comprender la injusta enfermedad en una vida joven, ni una situación crítica que nos lleva a realizar acciones que, de otra forma, nunca acometeríamos. Como a ser ejecutores o víctimas por ser simples espectadores de vidas de película. Yo, admiro su valentía.

Si bien, Magical Girl comenzó como una irresponsabilidad y un calificativo difuso, se convierte en una vorágine de sentimientos salvajes, efímeros, seguidos de una fascinación personal y las notas coloridas de un pueblo y su raza. De la pesadilla de un zaino toro, a la negra estirpe anudada como un corbatín al cuello, y enfrentarse cara a cara con el miedo por la estocada de un verdugo en lo alto. Más reproches al borde de la cama.

Por tanto, los rostros rotos se graban en el cerebro del espectador, del mío. Antes de entrar en las puertas del infierno, demonios con cara de ángel y danzas infantiles que se convierten en aquelarres macabros. Sugieren lo injusto de nuestras vidas y la convivencia con los recuerdos innombrables y los errores del presente.

Carlos Vermut y Magical Girl, se encaminan hacia la transgresión de las reglas, el texto como motor que se aproxima hacia el culto cinematográfico.

Una especie de Bergman castizo, que deambula por laberintos insondables de la psique humana, tanto masculina como femenina. Por músicas encumbradas como poemas de sangre y dolor, protegidas en la producción de Aquí y Allí, sus dramáticas aventuras, rozando el terror, lograron alzarse con las mieles del triunfo en el Festival de San Sebastián.

El resultado es una de las películas más innovadoras del cine español y de siempre, de pluma madrileña y viñetas cercanas recortadas en una pantalla colectiva, prestando atención a sus ojos viciados y viciosos. El filme mantiene una progresión exponencial que perseguirá en el tiempo a sus personajes, para próximas generaciones de espectadores, pero no apta para conciencias que buscan comprensión o historias reconocibles en su plasticidad lógica.

Quizá por ello, el deseo de Almodóvar ha saboreado este Vermut para dibujar nuevos instantes imperecederos. A pesar de la muerte.
 
Más bien, Magical Girl se comporta como una niña inocente, o no, con sus mirada cáustica y el sabor de la carne. Porque, es como esa pieza maestra de una generación nacida en Madrid que no encaja en el mundo que hemos creado.

Personalmente, mi duda al comienzo se ha transformado en una realidad con vistas al futuro de nuestro cine.

Magical Girl pasado el tiempo no se detiene, sigue creciendo en nuestras cabezas en una espiral de preguntas sin contestación, que nos llevan a pensar en los personajes creados por Carlos Vermut y definirlos de las formas más variadas, hasta llegar a convertir la película en una obra de culto.

Sirva como ejemplo, los resortes que me han llevado a imaginar cómo actuarían sus personajes dentro de una película similar a Pulp Fiction, con las conversaciones aparentemente ligeras de Quentin Tarantino y una vorágine de violencia que soltara el pasado de ellos como cuajarones de sangre durante un festival taurino. O, una entrega de un nuevo trabajo de David Lynch, que propiciara un mundo de irrealidad y música acompasando las caras desencajadas de los protagonistas, mientras la cámara se detiene en otro universo paralelo y minúsculo. Un Bergman reencarnado en Madrid.

Por esta razón y muchas otras, imagino que Magical Girl sería una entrada muy apetecible en cualquier festival de cine, y muy del gusto de la visión cosmopolita y libre de los organizadores del interesante Festival de Sundance, y sus curiosas películas circulando por el estado de Utah. Creo que sería bien acogida por la crítica especializada norteamericana (y mundial) así como, por supuesto, agradaría a una mayoría del público no hispano.

En peores plazas hemos toreado… ¡suerte maestros!




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