La tercera película del cómico Seth MacFarlane como director y la voz tras el objetivo del peluche más vivo del cine actual, tiene como referente su humor más juerguista e irreverente ya demostrado en la primera entrega en Ted 2.

Si te propones participar de este osito llamado Ted junto con su colega de conciencia y coincicente en sus expectativas, Mark Wahlberg, debería asumir que vas a visionar más de lo mismo. Es decir, realmente en el filme con dicha sugerente nomenclatura, vas a volver a sonreir con sus ocurrencias y 2 o 3 gags verdaderamente desbocados en surrealismo animado.
 
Pero, difícilmente podrías contar ningún chiste a tus amiguetes, pues sigue girando a los mismos temas que la anterior entrega peluda. Esto es, la combinación de semejantes tópicos, variedades sobre los factores sexuales del humor bizarro y psicotrópico, aunque algo más taimado.



Relaciones con las chicas en ese marco universal de lo incorrecto a través del prisma judicial novedoso. Y como el orden de los factores no altera el producto, da igual el sentido en que intentes observar sus andanzas de estos seres, hombre y osezno con dejes humanoides y sus necesidades imposibles para un individuo de apenas 50 cms. y ojos cristalinos sintéticos.
 
El protagonista y creador MacFarlane (tras el fracaso de su anterior película ante la crítica titulada Mil Maneras de Morder el Polvo) se mete de nuevo, en la piel del plantígrado abocado a la nueva mansedumbre gestionando su relación amorosa y, por tanto, un cierto apaciguamiento en sus deseos primarios en favor de la procreación. Ver para creer.

Se abre un espacio para las típicas confusiones que pudiera producir la paternidad en este tipo curioso de especimen cinematográfico.

Alrededor del reconocible pareja protagonista se construye un irregular guión (tal como ocurriese en anteriores filmes del director con Alec Sulkin) formando un cuarteto con la antigua novia interpretada por Jessica Barth (en su segundo largometraje) y una Amanda Seigfried navegando entre la justicia y el desvarío.

Sucesión de disparates, más o menos graciosos, y algunos rostros con más apariencia que presencia destacable con Liam Neeson o Morgan Freeman, aportando su imagen al servicio de refrescar alguna secuencia limitada, si bien sus carreras no necesiten una simplista comedia sino otras historias al nivel de sus carreras en el cine.
 
Se me dibujan otras ocurrencias que podrían haber marcado al dúo junto a Amanda, pero los aciertos o errores tienen la limitación de su piel sintética y el reconocimiento humano de una especie en vías de extinción. El oso de peluche está siendo relevado por otros atractivos digitales.

Este tipo de proyectos estivales derivan en una gama de sensaciones fantásticas, mientras la mente del espectador deambula entre un pensamiento de «qué he hecho yo para merecer esto» hasta los chistes cachondos al estilo Los Amantes Pasajeros, aunque con diferentes osos amorosos.
 
El cóctel definitivo es, algo de mentalidad infantil, conciencia adictiva, estereotipos sobre vicios y debilidades, unas gotitas de chistes feroces sobre famosos y risas maliciosas con moraleja final sobre la condición humana o la diversidad de raza y piel. Singularidad de relleno.

Si Yogui y Bubu levantasen la cabeza de sus cestas de emparedados, por ejemplo, serían dentro de Ted 2, una pareja homosexual con la intención de adoptar una cría de homínido visitante del parque Yellowstone. Sin atributos sexuales, aparentemente. Vecinos de un casado con tendencia a recordar su pasado, colegas de un soltero recalcitrante y fumeta, y representados por una rubia abogada acostumbrada a los malos humos. Un panorama risible y algo nublado.
 
Pues eso, otra vez el oso… es veranito y hace calor, necesidad de sofocar la alta graduación externa y entregar tus neuronas a una fórmula fresca de olvidar tus quehaceres habituales. Ted 2 ofrece momentos de distracción y cameos que se ajustan como un sexy traje de baño a la estación o la sala de cine refrigerada.

Sin embargo, el oso y sus amigos seguirán haciendo de las suyas, en una disputa existencial con carne de relleno y no hueso, que se estresa, enfada, baila y, a veces, sonríe.




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