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Cada fin de semana, son miles los madrileños que cogemos el coche, el tren o cualquier otro medio de transporte buscando un lugar tranquilo, con poquita gente, en el que “desconectar”. Lo ideal es un pueblo pequeño, no demasiado alejado de la capital (que el domingo hay que volver y no queremos pillar atasco) y con los servicios mínimos para no estar aislado, pero sin que nos agobien demasiado.

Todos asumimos esta rutina como algo normal, pero lo cierto es que detrás de ese remanso de paz hay un problema que fue, es y seguirá siendo grave… y de difícil remedio. Hablo de la despoblación en zonas rurales, que ya no sólo afecta a las pequeñas aldeas de las montañas, sino que está empezando a cebarse también con ciudades medianas e incluso capitales de provincia. Y lo hago desde la tristeza y la melancolía que me genera ver cómo el pueblo en el que he transcurrido los mejores momentos de mi niñez (y de épocas no tan lejanas) se desangra poco a poco. Igual que desgraciadamente muchos otros.

Hace unas pocas semanas conocimos el padrón de 2018 y, entre números y datos, sobresalían algunas conclusiones, como la que dibuja una pujanza de habitantes en las grandes urbes (7,5 millones de personas viven en los seis mayores núcleos urbanos de España) y un enorme hueco en el interior, con apenas 75.000 personas viviendo en los 1.355 municipios más pequeños de nuestro país.

Madrid no se libra de ello, y sólo hay que pasarse un martes de octubre por la Sierra Norte de la Comunidad para darse cuenta de la cada vez más acuciante soledad que se va apoderando de sus calles. Cierto es que el gobierno regional presentó en junio del año pasado la Estrategia para revitalizar los municipios rurales, dotada con 130 millones de euros y dirigida a 78 localidades de menos de 2.500 habitantes cada una. Pero, a pesar de que ya se han implementado muchas de las medidas (financiación de viviendas, mejoras en la gestión de residuos…), la tendencia sigue siendo la de abandonar el primer hogar. En la mayoría de los casos, por la falta de oportunidades.

Es muy fácil decirlo desde la óptica de aquel que vive al lado de una parada de Metro, en un piso con calefacción central y con más de cien restaurantes que te traen la comida a casa en menos de media hora Just Eat mediante. Pero no por ello quiero dejar de pedir que de verdad se lleven a cabo medidas efectivas para revertir una situación que puede convertir la “piel de toro” en un terreno fundamentalmente yermo en un plazo de tiempo no necesariamente largo.

Un primer paso puede ser la Estrategia Nacional frente al Reto Demográfico que previsiblemente se presentará esta primavera. Su objetivo es dotar a las ciudades medianas de oportunidades atractivas para todo su radio de influencia, de modo que no sea necesario recorrer decenas de kilómetros para acceder a servicios básicos o de ocio. La conexión a Internet estable o el desarrollo de iniciativas que fomenten las salidas laborales entran también dentro de este plan llamado a, por lo menos, tratar de frenar la caída de habitantes fuera de las metrópolis.

Es, como digo, un primer paso. Pero quizá decisivo. Porque me niego a pensar en un viaje de Madrid a León atravesando llanuras sin vida, con estructuras de lo que fueron casas, granjas o fábricas reducidas a esqueletos de cemento y ladrillo. O a que mi próxima escapada de urbanita sea a un pueblo de la Sierra que sólo tiene vecinos los fines de semana. Está en mano de todos revertir esta situación. Empezando por las instituciones, incentivando a la gente a cambiar de modo de vida con propuestas atractivas y de calidad, y acabando por las empresas, apostando por el teletrabajo como herramienta real de ahorro de costes y con “efectos secundarios” positivos como la opción de poder fijar la residencia lejos del centro de trabajo.

Pero en medio estamos nosotros. Aquellos de los que de verdad depende que no se muera la España rural. La de nuestra infancia. Esa que agoniza, aunque aún conserva un hilo de esperanza al que quiere aferrarse con todas las ganas.


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