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Las elecciones generales se celebraron hace ya más de dos meses. Las municipales, autonómicas y europeas hace más de un mes. Todo parece apuntar a que vamos hacia un periodo veraniego entretenido, en el que nuestros políticos van a hacer todo lo posible para justificar que hacen honor a sus promesas electorales y hasta se dan el tiempo necesario para traicionarlas.

Los resultados electorales no son, ni mucho menos, concluyentes. España ha decidido repartir los votos como en lotería navideña y repartir juego para todos. El bipartidismo imperfecto y corregido del que venimos hacía que derechas, o izquierdas, gobernaran casi siempre de la mano de fuerzas nacionalistas moderadas.

El pluripartidismo al que hemos llegado no es mucho más perfecto, si tomamos en cuenta que el nacionalismo catalán se ha desquiciado y las fuerzas con implantación en todo el territorio nacional no encuentran la vía para propiciar los acuerdos necesarios para alcanzar, ni tan siquiera, un acuerdo de gobernabilidad.

El socialismo ha ganado las elecciones gracias a una minoría mayoritaria con la cual pretende gobernar como si hubiera conseguido una mayoría absoluta. Desconfiados barones, casi siempre varones, con regencia, marquesado o ministerio, visualizan cualquier compromiso estatal de gobierno con otras fuerzas de la izquierda, como una amenaza a su futuro.

La izquierda del PSOE ha visto crecer las fracturas internas de las confluencias, de los comunes con máximo común divisor, de los compromisos tan sólo parciales, adelante y atrás, atrás y adelante. Pareciera que tan sólo tocar poder podría calmar las aguas y permitiría repartir juego, hilvanar cuanto se ha ido deshilachando.

Un partido como Ciudadanos, nacido para centrar y renovar el centroderecha, se encuentra ahora condenado a jugar sólo por la banda derecha, después de haber cerrado cualquier posibilidad de repartir balones hacia ambas bandas. Ahora sólo queda buscar alguna disculpa creíble para justificar el aspaviento permanente, e intentar unir las filas cada vez más desconcertadas.

La derecha tradicional sigue tapando como puede las vías de agua de la corrupción en las cloacas del poder. En todos los fregaos, entuertos y despropósitos aparecen asociados. Ahora se comportan como dueños de sus silencios y cautivos de cuanto puedan decir, que pueda ser utilizado en su contra. Como el PSOE, son un partido grande y de larga trayectoria. Resistirán, pero seguirán sufriendo sustos y sobresaltos cada día de oposición y cada segundo en el gobierno.

Por último, la ultraderecha que ha decidido desgajarse del PP, comienza a comprobar que recoger el descontento de los sectores reaccionarios, no garantiza entrar en gobiernos y se ve abocada a ser comparsa de PP y Ciudadanos, o permitir gobiernos de la izquierda. Cualquiera de las dos cosas desgasta y puede ser imperdonable para sus votantes.

Por todo ello, todos van a darse tiempo, puede que mucho tiempo, para el teatro, la escenografía, el decorado y los gestos hacia la galería. Amenazarán con nuevas elecciones aquí o allá y hasta, en algunos lugares, pisarán la frontera de una nueva convocatoria. Pero unas nuevas elecciones son muy peligrosas para todos ellos, una vez que España ha votado una y otra vez, hasta el hartazgo.

Ninguno puede tener claro, digan lo que digan las amañadas encuestas, que nivel de apoyo, o de abstención, van a cosechar si se someten a un nuevo plebiscito, que puede convertirse en un domingo negro para quien menos se lo espere. Ya tienen los votos, son los que son y tienen que gestionarlos bien, sin tanta alharaca e intento de justificar posiciones injustificables.

Después de recorrer el camino de las musas al teatro, va siendo hora de pasar de los gestos a los hechos, de los problemas a las soluciones, de la confrontación, al diálogo. No sé si tenemos lo que merecemos, lo que nosotros mismos hemos permitido y alimentado con nuestro voto, probablemente sí. Pero seguro que, cuando votamos, queríamos tener algo mejor y pensamos que elegíamos a los mejores para hacerlo posible.


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