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Dos meses después de mi última visita a Madrid, la semana pasada cogí un AVE en Barcelona para pasar unos días en la ciudad de mis amores, la de los bares abiertos un martes a medianoche cuando sales de Atocha y el tráfico por la Castellana a cualquier hora del día. Lo hacía con la intención de olvidarme del “otoño caliente” que nos están regalando en Cataluña los CDR, con la connivencia de Quim Torra y su “apreteu” y los silencios cómplices de los que buscan un solo pueblo, cueste lo que cueste.

Esa era, como digo, mi idea, pero rápidamente caí en la cuenta de que sería imposible. En primer lugar, porque estábamos en plena campaña electoral, y después, y más importante, porque la crispación política ya se ha adueñado de todos los resquicios del día a día, de una forma tan sibilina que aún no somos conscientes de ello.

En el (largo) trayecto desde la estación de tren hasta el Barrio del Pilar no aparté la vista de la ventana, ya que no quería perderme nada de mi añorado Madrid. Entre adornos de Navidad primerizos y obras que no conocía percibí una gran cantidad de banderas de España en los balcones, además de la enorme de la sede del Ayuntamiento. Muchas. No seré yo quien diga a una persona cuándo y como debe lucir su enseña, sea cual sea la que le represente, pero hace no mucho sólo ondeaban en los mundiales de fútbol y, raramente, en algún 12 de octubre. Desde hace algunos meses son una parte intrínseca del paisaje urbano.

También he tenido ocasión de comer y cenar acompañado. Con colegas de trabajo, con amigos y, por supuesto, con familia. Adivinad cuál era el tema de conversación principal. Daba igual cuánto tiempo llevara sin ver a determinadas personas, la primera pregunta era siempre “¿cómo están las cosas por allí?”. La segunda, a quién iba a votar. Después llegaron las elecciones, y el lunes la charla del bar en el que tomé café a primera hora no era sobre el despertar de Hazard o la remontada del Atleti. Se hablaba de pactos, del auge de VOX o de la debacle de Ciudadanos.

En condiciones normales pensaría que esto se acabará en cuanto se forme gobierno, pero tengo la sensación de que nos hará falta mucho tiempo para despolitizarnos. Será muy difícil quitar las banderas de los balcones y que cuando me pregunten por mi vida en Barcelona lo de verdad interesante sea si ya me ha dado tiempo a bañarme en la playa. Pero yo lo voy a intentar, y por eso, desde el cosmopolita Madrid, prometo no escribir más opinión sobre política. O al menos no hacerlo hasta que los desayunos en las cafeterías sean con fútbol o la serie del día anterior y no con Sánchez y Casado.