Aún recuerdo, como si acabara de saborearlo, mi primer bocado de una hamburguesa en Alfredo’s Barbacoa. Todavía estábamos asomando a este caótico siglo XXI y mi experiencia con estos bocadillos se limitaba al McDonald’s y las que me preparaba mi padre en casa, recién traídas de la carnicería.

Ni siquiera sabía lo que significaba la palabra gourmet, pero, desde ese mismo instante, entendí que era algo muy bueno. Delicioso. Han pasado más de veinte años y las hamburgueserías han florecido por toda la ciudad de Madrid, incorporando una oferta con panes de mil cereales y carnes de animales exóticos. Pero ninguna ha igualado ese tesoro que nos trajo en 1981 Alfred Graus, quien tristemente nos acaba de dejar.



Aquellos que frecuentábamos cualquiera de los tres locales de Alfredo’s Barbacoa recordamos a este militar norteamericano que cambió el fusil por el delantal paseándose entre las mesas con su aire de cowboy y un perenne buen humor. Ese con el que nos mostró durante décadas cómo hay que hacer una auténtica hamburguesa americana.

Ya sea en Lagasca, Juan Hurtado de Mendoza o Conde de Aranda, su olor a parrilla nos acompañará siempre, así como el inconfundible sabor de una salsa secreta que, a mí, y a otros muchos, no se nos ha podido quitar jamás de la cabeza.




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