Insidious 3: el terror se ha diluido

Insidious 3: el terror se ha diluido

Insidia (def.):
1. Asechanza para hacer daño a otro.
2. Dicho o actuación malintencionada.

 
Un día, un joven director nacido en Kuching (Malasia) y nacionalidad australiana llamado James Wan, quiso jugar al gato y al ratón.
Tuvo una idea para asustar al personal, y lo consiguió con cierto entretenimiento, creando un corto que luego ampliaría en el film Saw. Con ambición, se exprimió la idea en una saga interminable y cada vez más infumable.
Posteriormente rodó la entretenida película «Dead Silence» y otra fallida «Death Sentence». Y ahora se ve inmerso en la siguiente saga de la que llevamos tres títulos insidiosos, porque la sorpresa que tenía buena intención (hasta las visitas in situ a pasillos de ultratumba) se ha transformado en un cachondeo. Ciertamente, pues pude causar un daño malintencionado en el bolsillo de los que deciden pagar por otra tanda de sustos, a la 1, a la 2 y a la de 3.
 
La premisa de la primera película quedaba claramente meridiana, cuando apostaba por una pareja de actores de solvencia y una trama que resucitaba a los muertos con cierto empaque y misterio, basado en los sonidos escalofriantes y los suspiros detrás de cualquier estancia de esta casa encantada.
Sin embargo, el tiempo pasa como un escalofrío por la médula espinal y lo que era válido para aquel año 2010, tras otro entremés que nada definía ni entretenía, este episodio titulado Insidious 3 se concentra en dramatizar unos hechos pasados que nos importan un pimiento de padrón. Es decir, que la trilogía tiene momentos que pican y otros no.
 
Aquella tensión narrativa creada por James Wan se encaminaba a mera formalidad para revitalizar un género fantasmagórico dominado por el terror oriental, con imágenes que calcan aciertos y errores maniqueos llenas de iconos fantasmales de nuevo cuño. Echando toda la carne muerta en el asador de los sonidos envolventes y gritos que rompen los tímpanos. Dónde las casas plagadas de entidades ectoplasmáticas se centran en las posesiones infantiles como recuerdo ochentero a los éxitos de la película Poltergeist, o El Ente y similares. Igualmente los laureles que cosecharan cinco años antes cintas como las míticas La Profecía dirigida por Richard Donner o El Exorcista de William Friedkin. No hay comparación posible.
 
Recapitulando toda aquella historia de la joven pareja acosada por el demonio de la máscara roja, se revelaba como una entretenida vuelta de tuerca a las puertas interdimensionales y seres visitando nuevos territorios como habitaciones en la noche, armarios y buhardillas polvorientas, goznes que presagian la inminente elevación de la escala musical. En fin, trastornos diabólicos que son habituales en toda aparición recalcitrante que se precie.
Pero, el primer filme también nos avisaba en su tramo final. Mira que todo lo cosechado anteriormente se puede ir al infierno, con otras escenas cargadas de efectismo puro y duro o excesos en la propagación de imágenes planificadas como un escaparate. La sonoridad de unos ecos que todavía resuena en las siguientes entregas.
 
Si bien la segunda repetía protagonistas, la intensidad sonora se multiplicaba y los efectos visuales daban paso a un entramado de escenas empeñadas en desviar la atención del espectador, de un guion que hacía aguas acentuando la sensación de pérdida.
Así, las cosas se van poniendo de mal en peor, cuando la retorcida historia del guionista australiano Leigh Whannell vuelve a un pasado que nos retrotrae a los comienzos paranormales de la médium interpretada por Lin Shaye, una nueva musa del género de terror que apareciera ya en la recordada serie Con Ocho Basta (un recuerdo al fallecido recientemente Dick Van Patten) y que pasea tanto por escenarios de miedo y gags humorísticos su profesionalidad.
 
Porque en eso consiste Insidious 3 en difuminar los estados de excitación y morbo con toques melodramáticos y gotitas de un humor que se pelea con las pretensiones reales (o no), es decir, buscar nuevos acólitos a la saga o los resultados de taquilla, por medio de la caricatura. James Wan ha debajo su puesto en la dirección (pienso que tiene capacidades para aumentar el terror) y ahora se convierte en productor y magnate, antes de presentar The Conjuring 2  y veremos si emprende el rodaje de Aquaman o se ahoga definitivamente.
Insidious 3 ha dado otro paso hacia los daños colaterales en oídos y cerebro, con la única relevancia de la mágica presencia de Lin y una joven Stefanie Scott que aparecerá en la nueva versión de It. Ambas son el inicio de las nuevas actividades extrasensoriales.
 
Por tanto, el terror se ha diluido (puede que intencionadamente) con la disminución de amenazas provenientes de una casa fantasmal, alejándose de aquellas posesiones que marcaron una época. Hoy, están de moda los programas especializados en fenómenos sin explicación y los equipos pseudo-científicos dedicados a la pirotecnia oculta, prestando atención a los estridentes chirridos, susurros, suspiros, gargantas profundas, y pasillos insidiosos a la luz de una candela de blanquecina, no hospitalaria sino de hospital. Vamos repetida como el gazpacho de verano.
 
Por cierto, el creador es el mismo guionista, actor y amigo de Wan que comienza su nueva andadura tras la cámara, esperemos que con más acierto. Así, entre penumbras y risas escayoladas, se adivina la presencia de Lin Shaye por la que caminan los nuevos tiempos en filmes de posesión, tiempos que suenan a un pasado demasiado trillado.
Todavía no se ve un panorama excitante con nuevos mitos doblegando presencias metafísicas ante el público de este siglo, sin necesidades de máscaras ni localizaciones extravagantes en el más allá. Ni gritos, aaaaah, pues el terror también te puede dejar mudo.
Insidous 3 nada tiene que ver con el terror y el humor más terrenales… se esfuma entre los dedos.

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